Me queda un paciente. Hoy volveré a suministrarle su dosis de quetiapina y diazepam.
Desde la última vez que hablamos no le he notado mejoría.
Repite lo mismo de siempre.
Debe darse cuenta. Está enfermo.
Como todos los del psiquiátrico.
Pero él se me resiste, cree que voy a hacerle daño.
Que tontería, soy inofensivo. Desde el último incidente mi comportamiento es ejemplar.
El de un auténtico psiquiatra. Me estoy aplicando.
He lavado la bata, ya no queda ni gota de sangre. Y él sigue con lo mismo.
Me llama loco y usurpador.
No es verdad, no estoy loco.
La bata me queda mejor que a él.
Ahora es él quien lleva puesta la camisa de fuerza.
No estoy loco. Soy muy habilidoso con mis manos.
Mis compañeros lo han comprobado. Me entretengo cambiando sus cabezas de un cuerpo a otro.
Ahora los he puesto delante suya, para que le hagan compañía.
Han llamado a la puerta. Una mujer pregunta por él. Dice que hace días que no va por casa.
La he dejado entrar. No para de gritar. Dice que estoy loco.
Debo de hacerla callar.
No quiero volver a oírlo. No tienen razón. Son ellos. Están todos locos.
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