¿Hay un infinito número de combinaciones azarosas o una determinada combinación de factores?
Se conocieron coincidiendo y la coincidencia les hizo conocerse. Él, llamémosle M. contenía en sus silencios una sensibilidad profunda, que estallaba en mil pedazos sólo ante la visión de un pétalo caído en el pavimento. Ella, llamémosla R. explotaba en sensibles llamaradas que extraía del pavimento de pétalos de su interior. Ambos eran tímidos de diferente manera; su timidez exterior se compensaba por la fuerte pasión que latía incesante en el interior de los dos. Una y otro habían madurado en épocas distintas y en lugares distantes: la brisa inquieta de los mares y el soplo sereno de las planicies habían concertado un territorio común, y los dos sabían que las fronteras y las reglas eran las que ellos creyeran.
Establecieron unos límites para amanecer juntos en la distancia y anochecer abrazados a los mismos sueños. Jardineros diarios y nocturnos planaron un magnífico jardín en el que los azares necesarios trenzaban hojas y flores que ambos admiraban: desde exuberantes y carnosas rosas rojas, hasta delicadas y sugerentes orquídeas; frondosos árboles, arboles altos, arboles diversos. Los dos minaban ese jardín de la vida donde los suspiros y aspiraciones, los fuegos que no se apaciguan, sino cuando arden violentamente y los manantiales que no cesan de vivificar los zigzagueantes ríos les acompañaban.
El azar fecunda a la necesidad. La causalidad está penetrada de casualidades.
Comentarios
COMENTAR
¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales