La mujer de mi amigo me folló a gusto (1ª parte)

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En uno de los primeros relatos que envié titulado “¿Qué es ser un o una PGG?”, narré lo que me contó mi amigo llamado Anthony. Su mujer, Sara, es una ninfómana de medalla de oro. Incluso llegó al extremo de prostituirse una vez por semana en una casa de citas, por puro morbo.

Después de escuchar esta vivencia matrimonial, yo en vez de sentir compasión por Anthony, me puse muy cachondo y decidí hacerle una visita a Sara para trajinármela duro. ¡Qué mejor estímulo sexual que pasarte por la piedra a la esposa de un colega!

Al saber el día y a la hora en que Sara acude a ese lugar, gracias a la información aportada por su marido, pues una tarde al salir de mi estudio me acerqué por allí.

Me abre la puerta una Madame de unos cincuenta y pico años, toda emperifollada y follada hacía poco. Me saluda y me invita a ir al salón donde allí están las chicas y escoger a la que me apetezca.

Cuando entro en el salón, entre las 10 o 12 mujeres que allí había estaba Sara. Esta al reconocerme no hizo el menor gesto de ocultarse, todo lo contrario. Se levanta, se me acerca y me suelta:

–Vaya, vaya. Tú por aquí. No sabía que Anthony ahora se dedicara a buscarme clientes.

–Él no sabe nada. Me contó lo vuestro y me puse tan caliente que no pude reprimir el venir a visitarte –le comento.

–¡Así reaccionan los buenos amigos! Si un colega no pretende tirarse a tu mujer desconfía de él. Bueno, entonces, ¿subes a mis aposentos?

–Por supuesto. Para eso vine. Eres una mujer muy hermosa y elegante.

Y sí que lo es. Anthony la comparó con Claudia Schiffer, pero la supera, solo que Sara es de melena morena. No me extraña que Anthony le consienta todo con tal de no perderla, una hembra así no se conquista todos los días… ni todas las décadas.

Subimos por unas escaleras a una guardilla. Ella va delante de mí y se contonea de forma muy sensual. Lleva una minifalda muy ajustada y sus piernas lucen como dos jamones de Jabugo. Su blusa con un escote muy pronunciado dejaba, también, asomar ligeramente unos exquisitos pechos turgentes.

No llevaba sus peculiares gafas de pasta y su pelo recogido en un moño (como es lo habitual en ella), que le dan una imagen más modosa, de mujer de su casa. Para la ocasión lleva el típico atuendo de pelandrusca.

Con labios pintados de un rojo carmesí y algo hinchados con ácido hialurónico, Sara daba a entender que es una buena tragasables, que sabe exprimir un buen rabo.

Es una hembra insaciable. Un solo marido no puede darle todo lo que su ardiente y esculpido cuerpo demanda.

Ya en su alcoba, no puedo reprimir abrazarla y pegarle unos buenos morreos. Ella me dice:

–Lámeme las orejas. Me encanta sentir cosquillitas por ahí. También me pone que me laman los pezones.

–Te lameré y te chupetearé todo lo que me pidas, cariño, y por supuesto el coño –le suelto todo excitado.

Sara estalla en carcajadas por mi atrevimiento. Se tumba boca arriba sobre su cama y me ordena que le baje las bragas y le morree el conejo, aceptando mi ofrecimiento.

Se sube la mini a modo de cinturón y yo le tiro de las bragas hacia abajo. Deja a mi vista un chumino todo depilado y con un tatuaje muy original. En el pubis, ingles y perineo tiene dibujado un marco de ventana de estilo gótico. Por él asoma su almeja rosada y con tres piercings en los labios mayores. Me zambullo en aquel manjar y comienzo a lamer y succionar con ansiedad desbordada.

Sara me aprieta la cabeza contra su concha mientras me dice frases subidas de tono del estilo: “Saboréame bien el chocho. Parece que tú eres el puto y yo la clienta. ¡Qué ganas le pones a la comida de almeja, maricón!”.

Me encanta comer un buen coño, lo reconozco. Succionar fuerte, buscando su zumo recién exprimido.

Sara no pudo evitar correrse en toda mi cara, refregándome su berberecho por todo el rostro mientras percibe sus últimos espasmos.

–¡Trágate todos mis caldos, cabrón! Déjame la almeja reluciente para luego albergar a tu maciza polla.

Mientras yo me desnudo para montar sobre aquella yegua, ella me comenta que tengo que animar a Sonia, mi mujer, a ir por allí, pues es muy calentorra también. Le comento que mi esposa es la más puta de entre las putas, pues lo hace gratis con todo el mundo y sin pedir agasajos a cambio.

–Entonces no es puta. Es una vulgar GG, sin más –me informa.

Yo conocía, por Anthony, la teoría de Sara respecto a lo que es ser un o una PGG, GG, etc. (remito al lector a dicho relato para aclarar estos conceptos), y no quise entrar en polémicas etimológicas.

Sara se desabrocha la blusa, tirándola al suelo. Un sujetador negro de encaje sujeta bien alto dos cántaros exquisitos. Se lo quita muy despacio.

Yo me tumbo en la cama y espero a que me monte. Aunque es una buena jaca, en esta ocasión adoptaría el papel de jinete. Mientras me cabalga aprovecho para lamerle y chuparle los pezones. Me folla a buen ritmo. Por su piel comienzan a notarse algunas gotas de sudor.

–Córrete bien adentro de mi almeja. Después me pondré un tampón e iré a casa. Me lo sacaré y se lo daré a chupar al cabrón y consentidor de mi marido –me suelta Sara.

–Pero no le digas que es mío –le comento, todo preocupado.

Sara se echa a reír y me tranquiliza diciéndome:

–Tranquilo, será nuestro secreto.


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