Los peludos cartílagos en forma de hoja doblada de las orejas de Orgh se agitaban independientes uno del otro. Inmediatamente, los vidriosos ojos semicerrados se abrieron en una franja horizontal y el negro hociquillo reseco de elevó unos centímetros.
El ruido de la juerga nocturna de los muchachos en la noche del sábado le despertó. Removió bel cuello para asentar los cortos pelos del cuello y prestó atención. Olisqueó aspirando el aire del hogar y contuvo un áspero rugido entre los dientes.
Orgh reconocía las voces de la calle e identificaba las risas, las voces y los chillidos con los rostros de las chicas y chicos del barrio. Le perturbaba y enojaba oírles gritar en medio de la plácida noche. A veces, cuando eso sucedía, había saltado de la cómoda y blanda cesta de trapos almohadillada,y desde el mármol de la encimera de la cocina, a través de la ventana, con el rabo bajo, la boca abierta y mostrando los colmillos, los había visto pasar frente al jardín del edificio; pero siempre contenía la rabia sin que del largo morro saliera un ladrido. Orgh había aprendido a moderar sus instintos biológicos, relacionando su respuesta espontánea y la reacción represora del humano principal del hogar; así evitaba sufrir el acoso de aquel jefe bípedo del clan familiar. Naturalmente, Orgh no entendía la reacción humana, pero le habían enseñado a contener su comportamiento.
Orgh desdobló las patas delanteras y las sacó de la cesta, se estiró, bostezó y volvió a acurrucarse hecho un ovillo, con la mirada perdida en imágenes y recuerdos olfativos. La algarabía fue apagándose en la lejanía y Orgh cerró los ojos plácidamente, para sumergirse en el abrazo de los sueños.
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