MERCAT NOU

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                         MERCAT NOU

   Era primera hora de la mañana en la estación Mercat Nou del metro de Barcelona. El vagón, como cada día, estaba abarrotado, pero ella lo vió al instante, allí, con una sonrisa fugaz. En la estación se confundían los pasos apresurados de la gente con los silbatos del tren, pero ella se quedó fija en su mirada. El metro frenó bruscamente, y en ese instante el hombre se adelantó, aprovechando el movimiento. Nadie lo vio tomar la cartera de ella, ni dejar la suya en su lugar en aquella mochila verde aceituna.
Después de la sacudida, cuando ella recuperó el equilibrio, buscó con la mirada al hombre. Ya no estaba; había bajado inopinadamente. El convoy arrancó. Cuando llegó a su estación, en Hostafrancs, ella se dirigió a la puerta.
Al bajar, sólo quedó en el aire la sensación de algo perdido y el eco de un vagón que sería el inicio de una profunda amistad. Pero ella, Sara, todavía no lo sabía. Son esas vueltas y revueltas que da la vida.
Él, parado cerca de la salida de las escaleras mecánicas, mantenía una enigmática sonrisa. En su visión mental continuaba la figura de ojos sorprendidos, de aquellos cabellos de media melena, que permanecían en su mente como los rizos de las olas del mar besando las arenas húmedas de la orilla de una playa.
"Regálame tus sueños", decía la inscripción en la cartera, junto a la imagen de un búho, que encontró Sara en su mochila. Ella estaba alarmada: ¿dónde estaba la suya; su cartera?, ¿quién se la había apropiado, dejando esta otra en su lugar. La operación de intercambio había sido tan sutil que ella no se había percatado de nada. Todo era muy extraño.
Abrió la cartera. Dentro había 150 euros, una tarjeta y un nombre. La tarjeta era de un bistró llamado Rouge, en la calle Badal, 33; escrito en ella, con una preciosa caligrafía en redondilla, que transmitía una sensación de calma y belleza algo infantil, se leía el nombre: Darío.
Ahí, fue ahí donde se materializó en su mente el rostro del que emanaba cierto mohín de cinismo del hombre del vagón. Una campanilla interior cascabeleó: fue él..., él. Más allá del primer instante de indignación, Sara pasó por un primer pensamiento de temor, luego llegó la curiosidad por saber más y, finalmente, otra cosa que no pudo definir.
"Regálame tus sueños", volvió a leer, "Darío"...
Sara, más allá de la necesidad de recuperar su cartera, quería resolver el interrogante de porqué de aquella chocante acción; ¿cuál sería la pretensión del hombre del vagón de Mercat Nou? Todo ello causaba un cosquilleo interior que, a medida que pensaba y recordaba la forma en que sus ojos se habían anclado en ella en el metro, se iba acentuando. Así, que sin pensarlo más, decidió acudir al bistró al terminar la jornada laboral.
Era un local acogedor con un mostrador abierto a una cocina reluciente y una decena de mesas con cómodas sillas. Cuando llegó había un grupo de ancianas sentadas a una mesa, cerca de una de las grandes ventanas y, en un rincón un par de hombres extranjeros departiendo frente a un par de relucientes teteras plateadas. En el aparador, bajo el mostrador, había numerosas fuentes con diversidad de pastitas y mantecados de frutas, almendras, coco, piña y pistacho. Pidió al camarero dos de ellas y un té de menta, y se sentó a una de las mesas, junto a otra de las ventanas. ¿Y si el hombre... Darío, no venía? Pero, eso no podía ser, ¿qué sentido tenía aquello si no?
Pero Darío sí apareció. Con una gran sonrisa había franqueado la puerta del local y se dirigía con paso rápido hacia la mesa donde Sara acababa de tomar asiento. Su rostro estaba encarnado, llevaba revueltos los cabellos y vestía exactamente igual que en la mañana. Sara se quedó mirándolo bastante seria, simulando un enojo que en realidad no sentía. Él frunció los labios y, bajando la mirada dijo:
—Siento...
No puedo decir más, porque el encargado el local llegó con la tetera y las dos pastitas para Sara. Echó un vistazo a lo que acababa de servir y encargó dos pastitas iguales y un café cortado. El camarero marchó y él permaneció de pie.
—¿No te vas a sentar? —inquirió Sara, ya con un gesto menos hostil, pero sin sonreír.
Él tomó un asiento frente a ella.
—Me llamó Darío —dijo.
—Sara —repuso ella.
Darío había recuperado el tono cutáneo.
—Mira, perdona. Creo que fui excesivo.
Sara lo observó detenidamente. Ahora entendía la extraña sensación que la dominó al salir del metro en la mañana; ahora, lo que la embargó fue la sensación opuesta, la de haber recuperado algo invisible, inaprensible, profundo, de tal valor que sin ello ya la vida carecía de color, olor, sabor o textura. Y eso se desprendía de la figura algo apocada de Darío. Al verle allí, cerca de ella, su interior se apaciguó con ella misma, y lo único que seguía alterado era una inquietud chispeante por saber más de Darío.
—Como soy muy tímido, y allí... rodeado de tanta gente..., pues, no supe cómo podría dirigirme a ti. No quería "perderte"; así que se me ocurrió esta "locurita".
Sara estudió en un largo minuto a Darío, sin hablar; después giró unos pocos grados la cabeza, se mojó los labios, elevó una ceja y dijo:
—Eres muy complicado, ¿verdad? —Y se echó a reír.
Darío volvió a sonrojarse.
—Háblame de Burnett —le dijo
Entonces Sara se dio cuenta de cómo Darío, desde el otro lado del vagón, observaba con aquella melancólica sonrisa pasajera la cubierta de La mansión de las rosas, su lectura de aquellos días, que sostenía apretada contra la mochila verde oliva, un momento antes de guardarlo.
Sara sacó de su mochila verde aceituna la cartera y Darío dejó la de ella, empujándola hacia Sara.
El camarero regresó con la consumición de Darío, dejó la nota en un platito. Sara fue a tomarla; pero Darío, más rápido la cogió primero. Los dedos de Sara sujetaron un instante la mano de él. Ambos se echaron a reír.
Sara señaló la inscripción de la cartera de Darío y propuso:
—¿Intercambiamos nuestros sueños?

 


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